LA CASITA DE  MONSEÑOR

        Que el culero fuese el Arzobispo de San Salvador no me impresionó pues a mi corta edad nada entendía de esos volados de jerarquía eclesiástica.
        Que el hombre fuera culero tampoco me sorprendía, pues a pesar de mi corta edad ya sabía que era ser un culero, yo mismo los había visto cuando vagando en ciertas partes de la ciudad eran señalado por los grandes. Ellos me había instruido que detrás del Parque Infantil de Diversiones, en los matorrales de la finca Guadalupe y alrededor de los Juzgados, se hallaban varios maricas a cualquier hora del día; también había en los matorrales alrededor del Seguro Social, orillando el río Tutunichapa, en el Arenal, etc...
        Los maricones en San Salvador de entonces no se escondían en closet, como sus congéneres gringos, sino en matorrales dentro de la misma ciudad. Y llamar a un varón con la mala palabra culero era un insulto de darse verga.
        Pero cuando pensé que el culero en cuestión era el cura que me daba la sagrada hostia me dio vasca y ganas de vomitar, un párvulo aborrecimiento de esos que dan ganas de chillar... Ya desde corta edad se me había inculcado sentir repugnancia por los homosexuales, y no era que mis tatas me dijeron: Hey vos, odia siempre a los culeros, ok?..., era el machismo del ambiente que lo hacía congénito.
        Pero en este caso era peor pues el cura era alguien que me había pasado su mano por mis mejillas, acariciado mi cabeza pelona corte pato bravo, y no sólo a mí, sino a toda la manada...
        Pasó que en los 60s, me enrolaron en el Grupo Scout Quinto "El Cid Campeador" de Catedral en San Salvador.
        Debido a mi edad me ubicaron en  los Lobatos.
        Nuestro Aquela era Saúl Najarro, reconocido Bombero Nacional, años después alguien me ronroneó que era también canelón de los matorrales del sur, pero con nosotros siempre se mostró macho..., aunque siempre me picó saber porqué nunca lo había visto con algún culo, y ¿qué hacía algunas veces en horas raras paseando en su bicicleta negra de panadero por los alrededores del Parque Infantil?.
        “La Manada” de Lobatos estaba dividida en seis seisenas que escogían un color y ese era el nombre de la seisena, cada una con un seisenero y un subseinero. A mí me ubicaron en la seisena gris donde conocí otro mono como yo que le decían “el criollo”, pero no porque fuera español nacido en El Salvador, pues era más prieto que yo, y también lo creía más pelado que yo pues él vivía en el bajero mesón San Cayetano...
        Le apodaban el criollo sencillamente porque se apellidaba Criollo. Pero este Criollo era un tremendo cabrón y era dos años mayor que yo, que para entonces yo andaba en diez.
        Un día miércoles por la noche en Catedral, había reunión familiar la cual no era accesible para nosotros porque sencillamente mucho jodíamos, y por una hora teníamos que matar el tiempo dentro del enorme templo en construcción.
        Catedral entonces era un vergo de ladrillos, arena y varillas de hierro por todos lados. La misa era en el sótano, o parte baja del templo, no había cúpula, y las dos torres campanarios de la entrada apenas llegaban a la mitad de su altura actual... la lenta reedificación de Catedral después del incendio de 1951 comenzó en 1956, y  llevó muchos años finalizarla como está actualmente.
        Esa noche, como era costumbre en estas aburridas noches de reunión familiar, con el criollo nos íbamos a pendejear dentro de la iglesia.
        En las dos torres los Lobatos teníamos “las guaridas”, lugar donde las varias seisenas se reunían. Allí se iba la mayoría a ver Plaza Barrios, el Banco Hipotecario, y el Palacio Nacional desde lo alto...
        ....Pero había un bonito jardín en la parte de atrás del templo, y dentro de ese jardín había una bonita casa, esa era la casa-oficina del arzobispado, y en ese tiempo era Monseñor Luis Chávez y González el Arzobispo de San Salvador.
       Esa noche vagando por la casa oímos voces que venían del escondido jardín, y de chutes nos  fuimos a ver cuál era la bulla. En la puerta de entrada de la calle había dos hombres parados sosteniendo la puerta abierta; un florido y corto pasillo separaban la puerta de la calle con la puerta principal de la casa. Dos tipos uniforme verdes, con cachucha y todo, esperaban alguien que iba entrar, lo cual hizo un momento después alguien con traje oscuro. Nos hallábamos apenas cinco metros de ellos, escondidos entre plantas y oscuridad, pero de allí se apreciaba la puerta de atrás y parte de la entrada principal a la casa y de la cual vimos entonces salir al Arzobispo Chávez y González vestido de civil, él parecía esperarlos con la puerta abierta y un mambo de Pérez Prado saliendo del interior de la casa.

        Los dos militares y el de saco saludaron a Monseñor y entraron a la casa, nosotros nos miramos con el criollo.
        -Te apuesto que Monseñor es culero –me decía el criollo cuando Mario, el chofer de Monseñor, salió de la casa por la puerta de atrás, ¡y pareció oírnos!, al verlo nos paralizamos..., ya sabíamos que Mario era paloma con nosotros, y si nos veía por allí nos castigarían, que no era nada, lo que me enculillaba era la consiguiente vergueada de mi tata... contuvimos nuestra respiración... Mario echa una rápida miraba hacia la oscuridad en que estábamos, pero no nos vio, y sacándose un  cigarro se encaminó a la salida... entonces yo salgo echo un cuete para dentro del templo.
        Me valió pelones la bulla, pensando que eso era lo que naturalmente el criollo había pensado también e iría corriendo a la par mía, pero cuando entré al templo volví a ver a todos lados y me encontré sólo, -¡hijueputa, agarraron al criollo! -me dije, y me fui al pequeño recinto orilla de calle donde se hacía la reunión, sentí alivio ver gente afuera, era señal que ya había terminado el volado, entonces vi a mi mamá despidiéndose de don Elías, el platero, y Presidente del Patronato... y noté que la mamá del criollo se veía impaciente esperando y buscando por todos lados, entonces me vio... pero yo apresuré a mi madre a irnos.
        Los Sábados, a la una de la tarde, nos reuníamos toda la manada en las afueras de la terminal de Occidente. Todo eso eran llanos y pequeños bosques. Más de alguna vez hicimos fogatas nocturnas en ese lugar, pero la que nunca olvido es la fogata de despedida que le hicimos al Aquela Saúl Najarro cuando se retiró del Grupo... pero ese Sábado por la tarde el criollo y yo no estábamos en lo que estábamos.
        -La cagaste saliendo escupido, te hubieras calmado, Mario ya se iba de todas maneras. me dice el criollo con mirada encachimbada.
        -¿Y no te agarró Mario? ¿Qué pasó entonces?
        -Sólo esperé escondido que se fuera, mirá, me escabullí por la ventana para ver dentro pero las matas allí joden la vista; pero me quito un huevo si Monseñor no es culero...
        Entonces pasó un mes cuando otro Sábado la seisena gris tenía que confesarse para poder comulgar el día siguiente en la misa dominical de las 8 a.m. ¡La seisena gris todo ese mes estaba de planta! Era la responsable de pasar la canasta y recoger el diezmo durante tres misas por la mañana.
        A las cuatro de la tarde de ese Sábado la seisena se alineaba para confesarse en el pequeño pasillo de la calle a la casa de Monseñor, pasillo que atravesaba en medio de un pulcro jardín, atractivo y bien atendido. La confesión duraba de tres a cinco minutos y la hacía más a menudo el obispo auxiliar Monseñor Arturo Rivera y Damas, futuro Arzobispo también... pero ese Sábado nos tocó Monseñor Chávez y González, que no era ni fue la única vez que nos confesaba.
       Yo entro a la casa... Monseñor vestido con el atuendo de sacerdote espera sentado en una cómoda silla en el cuartito que hacía de confesorio, entonces me paro frente a él, lo veo fugazmente, me arrodillo a medio metro de distancia, agacho la cabeza con mis manos en señal de oración... ¡entonces me doy cuenta!..., ¡Monseñor andaba usando zapatos de básquetbol!...
       Monseñor era frente ancha, piel pálida y ya pelo canoso, era sesentón pero bien hartado y cuidado, aparentaba energía y salud...
       -Ave María Purísima... y me pone su mano derecha en mi pelo pato bravo... siento escalofríos y me da piel de gallina... no le confieso mucho porque no podía pensar.
         -Y tu mamá como está, ¿se encomienda siempre a fray Martín de Porras...?  Monseñor conocía a mi madre, no de los Lobatos, sino aún antes, cuando él era cura de la iglesia La Merced, y él sabía de la devoción de mi madre por fray Martín desde cuando ella era adolescente, devoción que duró hasta su muerte en 1968. Yo la acompañé a la Iglesia El Rosario cada Miércoles desde que tengo uso de razón. Allí había una estatua cuerpo entero del fray negro peruano... se me pegó tanto ese hábito de mi madre, producto de su fé, que dos años después que ella murió, yo seguí haciendo lo que ella hacía: comprar una velita de cinco centavos con la viejita en la entrada de la iglesia, encenderla, y ofrendarla al Santo.
        -Sí, padre.
        -¿Y siempre vas con ella?
        -Sí, padre.
        -Dos Aves Marías y tres Padres Nuestros... ¡y se acabó la confesión!.
        Pero lo más verga era que esa noche había también reunión familiar... ¡con comida gratis¡
        La reunión familiar comenzaba después de la comida vergona que daban para atraer el padre de familia, y era tan bueno el faje que la reunión siempre estaba llena, no sólo de familias de Lobatos, sino también de Boy Scouts... pero los Lobatos, por ser los más cipotes, siempre comían primero porque no cabíamos todos en el recinto.
        -Vamos a guachar la casa, a ver que pasa... me dijo el criollo después de comer y ya libres.
        Ya estaba oscuro, la reunión apenas comenzaba y teníamos una hora, ¡tiempo en puta!... llegamos a la casita y vemos la puerta trasera abierta... entonces el criollo me lava el coco y me da confianza para que entremos, atravesamos la cocina, dos dormitorios y el pequeño confesorio donde nos confesamos más de tres horas antes... llegamos a la sala-comedor-oficina, bien aseada y olorosa... entonces oímos la puerta de atrás que se cierra, a la vez vemos por la ventana enfrente figuras vienen en el pasillo de la calle...
            -¡Puta!, el cabrón de Mario, escóndete –me dice el criollo metiéndose a la vez detrás del estante lleno de finos candelabros, platos y brillantes cubiertos de plata... no me quedaba más que debajo del enorme sofá de madera, levantado del piso lo suficiente para que un mono seco como yo cupiera... Se abre la puerta y entran tres individuos y el Arzobispo, todos usando pantalones blue jeans y zapatos All Stars... se sientan en las cuatro sillas de la enorme mesa de comedor... diferente color de camisas..... llega Mario y saca de la bolsa que lleva una botella cuadrada con líquido café poniéndola en medio de la mesa... me refundo más en lo profundo del piso frío de ladrillo pulido, debajo del sillón, con una pálida de la gran puta, y que sólo un corazón de diez años podría soportar... Monseñor entra al confesorio y luego sale trayendo algo que coloca en medio de la mesa..., ¡son naipes!... comienza a sonar pachito eché de Benny Moré... y antes de los cuatro echarse el primer vergazo, levantan y golpean las copas con hielo en medio de la mesa diciendo “salú”...
        ¡A la púchica, incluso Monseñor es bolo! -me digo en mi mente... Pero una sonrisa se dibujó en mi cara en medio de la culillera al pensar que el criollo se iba a tener que quitar un huevo.
        Pero pasa una hora..., el criollo detrás de la vidriera y yo debajo del sillón...
        -Boca -dice Monseñor...
        -Cinco bolas...
        -Paso.
        -Pagado.
        -Pago por ver.
        -Pues yo le pongo cinco más, -arremete Monseñor.
        -Pues yo voy como Chente.
        -Pagado ¿qué tenés Luis?...
        -Cantinflas...
        -Malo, quequeishque...
        -Puta, ya me bajaron 25 vergas con ésta -dice el del bigote espeso, quien después de una hora chupando, fumando, y jugando póquer, ya sonaba medio a verga para entonces,...
¡Las ocho y media de la noche!... La sala apesta a licor y cigarro... ¡De repente entra Mario deprisa!...
        -Monseñor, hay un problema, se han perdido dos Lobatos.
        -Espérenme, buir a ver...
        -No, yo ya me voy, ya me siento medio a verga y voy a Santa Tecla.
        -Ok, dejémelo aquí... -terminó diciendo Monseñor, y estrechando la mano a todos, se fue... y los amigos del Arzobispo, después de echar un miarbolito, se fueron también... la casita quedó sola...
        ¡Y esta vez sí los dos pensamos lo mismo, y con el criollo a la par, salimos hechos pedo!.
        Dos Sábados después nos hallábamos los dos de nuevo en medio de un rally en la Casa Scout, detrás del Liceo Salvadoreño, pero como siempre de bichos despistados, el criollo y yo no estábamos en lo que estábamos... y él me dice:
        -Omar Herrador dice que lo ha visto salir del cuarto de la cholera culona de la cocina.
        -¿Y qué querés decir con eso?
        -Me quito un huevo si Monseñor no se la está cogiendo...
 
        NOVIEMBRE/2007

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